Etica

¿Es posible morir con dignidad?

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Es frecuente oir hablar del deseo de, en caso alteración grave y brusca de la salud, morir con dignidad. Esto sucede generalmente cuando algún conocido se encuentra ingresado en un hospital, frecuentemente en la Unidad de Cuidados Intensivos, sometido a respiración artificial, inconsciente, conectado a multitud de monitores y otros aparatos de registro. Y con las constantes vitales mantenidas por medios farmacológicos. Naturalmente esto no sucede por capricho o especial crueldad de quienes le atienden sino porque en un momento dado la gravedad de su estado hizo necesario el uso de estos procedimientos con la esperanza fundada de conseguir la curación. Y, efectivamente, en la mayoría de los casos el paciente remonta y supera esta situación.

Pero es cierto que en algunos casos, que constituyen un porcentaje muy pequeño, el caso se estanca y el paciente no progresa con lo que queda enganchado a toda esta tecnología de manera más o menos permanente. Es entonces cuando escuchamos esos comentarios, humanamente comprensibles, sobre dejar morir con dignidad y la no utilización de medios extraordinarios cuando la situación parece no tener remedio.

Se supone que morir con dignidad es morir en la cama, rodeado de los seres queridos y sin dolor ni sufrimiento. Esto es lo que ocurre en el caso de una enfermedad terminal, cuado el paciente mantiene espontaneamente sus constantes vitales (respiración, pulso, tensión arterial). Ante el curso inevitable hacia el fallecimiento los médicos, desde siempre, hemos limitado nuestra actuación a mantener al enfermo tranquilo y sin dolor, administrando para ello la medicación oportuna pero (esto es importante) sin acelerar el proceso hasta la muerte. Esta actitud es conocida en el mundo anglosajón como «benign neglect» y que yo traduciría, no literalmente, por descuido piadoso.

Pero el caso del paciente, ya inconsciente, mantenido con respirción asistida y con toda clase de soportes vitales, la cosa es más complicada. Es lógico que cuando un profano observa a un ser querido en esta situación, se impresione y piense que se están utilizando medios extraordinarios (que para el profano lo son) sin esperanza. Pero estos medios tan aparatosos para el no profesional no son extraordinarios, son medios completamente ordinarios en un hospital. Y gracias a estos medios se salvan muchas vidas todos los días.

Entonces ¿cuando y quien desenchufa la máquina? Si se comprueba que hay muerte cerebral, la cosa está clara: el paciente está muerto y puede interrumpirse todo tratamiento. Pero si no hay muerte cerebral el paciente está vivo e interrumpir el tratamiento producirá la muerte casi de inmediato. No es una situación fácil para nadie.

No hay respuesta definitiva. Cada caso será gestionado por los médicos de la mejor manera posible dentro de la humanidad y de la ética. La controversia siempre existira. Pero, relmente, ¿es posible morir dignamente cuando la muerte es la mayor indignidad que existe?

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Dr. Rafael Romero

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